Memorias de mi perro guerrero

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Mi mascota Boby llegó a mi vida cuando tenía 14 años, estaba en la plenitud de la adolescencia e iniciando un nuevo año, era enero del 2001 y la juventud se respiraba en el aire. Una amiga y compañera de colegio, me contó que su familia tenía una finca en Siquirres, donde me invitó a un paseo en medio de las vacaciones.

Pero la visita tenía un propósito oculto, ya que la perra de la finca, una imponente pastora alemana, acababa de dar a luz a una camada de  hermosos cachorros, fruto de una relación furtiva con un zaguate de la zona. Los perritos buscaban un hogar, y la adopción era mi oportunidad de tener mi primera mascota.

Al llegar, encontramos unos bellos cachorros de patas grandes, color negro en su mayoría pero con tintes amarillos, juguetones y apegados a su mamá. Desde el primer momento me enamoré del más pequeño de todos, era el más delgado e indefenso, por lo que decidí adoptarlo y llamarlo Boby.

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Las crías estaban con pulgas, por lo que se decidió aplicarles diésel para eliminar estos parásitos, posteriormente los bañamos y nos preparamos para volver a San José. La ilusión de tener mi amado can se vio opacada cuando Boby dejó de comer y comenzó a perder el cabello; el diésel que habían aplicado en los pequeños animales le quemó la piel y lo puso en peligro de muerte.

Sin embargo desde el principio mostró gran fuerza y ganas de luchar por la vida, lo cual se unió a muchos cuidados que le permitieron sobrevivir y recuperar su pelaje. Esta actitud valiente y luchadora fue característica en Boby desde ese momento y a lo largo de su vida.

Compañero fiel

A lo largo de mi juventud, Boby llegó a convertirse en mi mejor amigo y mi compañero en todo momento, mi paño de lágrimas cuando estaba triste, mi pareja de aventuras en las caminatas que compartimos juntos, y quién me acompañaba noche y día. En sus años de juventud su energía y fuerza eran desbordantes, así como su gran tamaño que muchas veces asustaba a quienes me topaba en las calles de Guadalupe.

Conforme pasaron los años, las caminatas y aventuras disminuyeron, debido a mis obligaciones de adulta trabajadora. Los años también fueron pasando por Bobito, quien ya no era tan eléctrico e inquieto, pero quien siempre me ofreció un rabo en movimiento y una sonrisa perruna cuando llegaba a casa.

Y el tiempo pasó…

Años después conocí el amor de mi vida y me casé. Mi esposo tenía un Cocker Spaniel llamado Bruno, el cual pasó a ser el compañero de aventuras de Boby en nuestro nuevo hogar. Al principio peleaban y ladraban juntos luchando por ser el macho alfa, pero luego formaron una entrañable amistad.

Con el tiempo aparecieron canas en su hocico, se volvió cada vez más sedentario y se cansaba más en las caminatas. Muchas  veces se echaba en el medio del camino exigiendo un descanso antes de continuar.

Además de sus alergias esporádicas, tumores en su piel aparecieron y fue necesario amputar su cola de pastor alemán. Debido a su avanzada edad fue necesario realizar 2 operaciones y la sanación fue lenta y complicada, pero una vez más el guerrero logró recuperarse del todo.

Su sensibilidad en la piel siempre persistió debido a las secuelas de la exposición al diésel, pero logró recuperar y lucir su imponente pelaje a lo largo de la vida. Sus colores negro con amarillo eran los típicos de un pastor alemán, aunque más gordo y con piernas menos alargadas.

Otro rasgo característico que heredó de esta  raza fue la displasia de cadera, la cual comenzó a afectarle su movilidad poco a poco. Los tratamientos le permitieron alargar su vida un tiempo más. Sin embargo dicha enfermedad, aunada a un golpe en una pata delantera ganaron la batalla, dejando sin fuerzas a Boby para desplazarse por sí solo.

Huella imborrable

En una tarde lluviosa de sábado, Boby partió al cielo de los perros, luego de 16 años y medio de una vida plena, en la que tratamos de devolverle todo el amor que nos regalaba diariamente. El dolor de verlo partir y el vacío que deja en nuestra vida, no se compara con el recuerdo de los bellos momentos que vivimos por más de la mitad de mi vida.

La huella que deja Bobito en mi vida es imborrable y demuestra que los ángeles si existen y están aquí en la tierra con nosotros para acompañarnos. Las mascotas son nobles compañeros que se dan sin condiciones, compañeros que merecen todo nuestro amor, cariño y respeto.

Hasta luego Bobito, nos vemos en la otra vida…

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